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Un Viaje

No es una idea nueva, la música es un viaje. La música, ciertas notas, acordes, melodías, a veces son como dedos que presionan los botones que tenemos en el cerebro y que hacen que pensemos cosas. Son también dedos que tocan las cuerdas del arpa que tenemos en el pecho, y que nos hace vibrar y sentir cosas (sí, yo me imagino botones en la cabeza y arpas en el corazón, no me pregunten).

Tengo dos primos que son muy particulares. Son más grandes que yo y poco sorprendentemente, siempre lo fueron. Cuando yo era pequeño, sin embargo, cada vez que nos veíamos lograban empequeñecerse significativamente, como si comieran  el hongo de Alicia en el País de las Maravillas, y de esta manera podíamos jugar. Lo mejor de todo era que alguna vez trajeron consigo, hasta mi edad entendido como mi mundo, cosas de gente grande, a la que ellos ya habían estado expuestos.

Fueron situaciones análogas, imagino yo,  a cuando Marco Polo trajo la pólvora desde el Lejano Oriente.

Mi prima, en su afán por presentarme lo mejor que el mundo exterior podría ofrecerme, instigó a mi primo a que me grabara un cassette. Se trataba del álbum Zoolook, de Jean Michel Jarre. Ya había escuchado una parte en el tocadiscos de mi primo, y el nombre y la carátula me parecían suficientemente interesantes. Incluso mi primo dibujó dos ojos en lugar de dos “o” sobre el cassette, más o menos como salía en el disco. Ese día regresé a mi casa sin saber que lo que traía entre mis manos era una llave.

Mi hermana en cambio siempre ha sido la típica hermana mayor, para lo bueno y para lo malo. A diferencia de mis primos ella ahora no es mucho mayor que yo, pero en ese entonces sí lo era. Así como ahora que uno es adulto nos parece que una hora es nada mientras que cuando niños nos parecía una eternidad,  3 años de diferencia son pocos cuando se tienen 30, pero cuando no has superado los 10, pueden hacer mucha diferencia. Sin embargo, jugábamos mucho, y a los niños les encanta jugar a los retos y pruebas de fuego… y sobre todo a obligar a los demás a demostrar una valentía que no existe y que si existiese, tampoco tendría demasiada importancia demostrarla.

El caso es que terminé encerrado en el closet, sentado entre el castillo y el estacionamiento de Fisher-Price que allí guardábamos, en total oscuridad excepto por una delgada rendija luminosa, el espacio entre las puertas del closet. Mi hermana permanecía afuera, como un cerbero de una sola cabeza, sosteniendo contra la puerta del armario un pequeño reproductor con mi cassette de Zoolook, que ya mi hermana había catalogado como terrorífico y por lo tanto perfecto para esta prueba: permanecer el mayor tiempo posible en la oscuridad escuchando la música de Jean Michel Jarre.

Recuerdo la respiración agitada, hacía calor allí dentro, y la torre del castillo de Fisher Price se clavaba en mis muslo derecho. Estaba nervioso, una intuición infantil me anticipaba lo difícil que sería salir incólume de esta situación. Mi hermana azuzaba mi angustia con comentarios tipo “¿Estás listo? No te dejaré salir hasta que no se acabe, lo sabes” o “¿Estás seguro? Ahora o más nunca” , etcétera. Pero yo estaba decidido. Yo tenía que vivir esta experiencia. La misma intuición infantil me decía que podría valer la pena.

Escuché el ruidosísimo “click” del repro, y unos instantes después, un grupo de cuatro elefantes  se aproximaba en la oscuridad. Caminaban lentamente, y su andar tenía cierto aire agónico, pero majestuoso. Levantaban sus trompas de forma secuencial, con cada paso, y una especie de viento denso y oscuro me envolvió, sobresaltándome. Era un sonido, que también era música.  Noté que los 4 elefantes estaban unidos por sus cuerpos, como si fueran cuatrillizos siameses, dando como resultado una gran mole con muchas patas y cuatro cabezas. Sobre sus lomos amalgamados entre sí, había una pequeña tienda de color madreperla, con muchas decoraciones doradas. Brillaba en la oscuridad reinante y era hermosa, sin embargo, envejecida y mancillada por los avatares del tiempo y las vicisitudes del viaje.

Me asusté al escuchar una voz profunda que me susurró al oído en un idioma desconocido. Fue un hombre completamente negro, desde los pies hasta el sombrero, y que en la total oscuridad donde me encontraba, no pude ver. Me dijo que estaba prohibido ver y conocer aquel que viajaba sobre los elefantes siameses. La visión de su magnífico rostro podría llevarme a la locura, y que por ello estaba cubierto por 14 velos. Era un emisario.

En ese momento pude escuchar, entre el barritar de el/los elefante/s, un sonido que era una voz. Provenía de la tienda, y supe era el emisario  que cantaba. Era un canto melancólico, era evidente su cansancio. Estaba buscando algo.

Pero lo que más me perturbó fue que estaba cantando para que yo lo escuchase.

El grupo de elefantes siguió su camino, y sentí la presencia de otras … personas, como el hombre completamente negro de voz profunda. Se acercaban a el/los elefante/s, que era en realidad la única cosa presente, el único punto de referencia. Hablaban, emitían sonidos que eran voces, y sentí que estaban a la expectativa. Caminé al lado de el/ellos por un rato, sumergido en ese sonido que era viento, entre esas voces que eran personas, y tratando de comprender el canto del emisario.

De repente, el/los elefante/s se detuvieron. Retrocedí para ver mejor lo que ocurría sobre su/s lomo/s y ví que la tienda se agitaba y una pequeña rendija luminosa aparecía, se estaba abriendo. Una intensa luz surgió de forma casi violenta y como un flash fotográfico iluminó por un instante los alrededores de el/los elefante/s. Me sobresalté al ver, gracias a la luz, que yo estaba en realidad completamente inmerso en una multitud de individuos que solo percibí en ese instante, y que una vez esfumado hasta el último fotón luminoso, desaparecieron, como si jamás hubiesen existido… a excepción de sus voces, que eran sonidos.

Alcé la mirada y vi que el emisario estaba de pie sobre el/los elefante/s. La tienda ya no estaba, pero sus ropas estaban igual de envejecidas. Su rostro, como había dicho el hombre completamente negro, estaba cubierto por 14 velos, que comenzaron a caer como los pétalos marchitos de una flor, uno a uno, mientras los sonidos que eran voces que eran individuos festejaban con una especie de danza tribal. Recordé temor las palabras del hombre completamente negro sobre la visión del rostro del emisario, pero al mismo tiempo, una curiosidad que sólo puede ser considerada como infantil, me dominaba. Los presenten se exaltaban más y más con cada velo que caía del rostro del emisario. Conté cada velo como una cuenta regresiva, sintiendo cada vez con mayor intensidad los sonidos que me rodeaban, esperando que el rostro del emisario me fuese finalmente revelado.

Y al momento de caer el último velo, de nuevo vi una luz intensa que lastimó mis ojos, que ya estaban acostumbrados a la oscuridad. Escuché un sonido cortante, un “clack”, y luego silencio. Mientras me cubría los ojos con la mano, una voz dijo: “Mi mamá dice que dejemos de jugar en el closet”.

Era mi hermana.

Salí del armario y de algún modo supe que no estaba regresando a la misma habitación de antes. Tomé el cassette con los dos ojos dibujados y lo guardé celosamente. Pensé que si algún día querría regresar, quizas. Con los años me di cuenta de que en realidad fue un viaje sin retorno… como todos los viajes.

Tiempo después, descubrí que en el mismo cassette mi primo había grabado previamente otra obra musical, que había quedado parcialmente escondida bajo los sonidos del señor Jarre. Luego supe que eran fragmentos de Carmina Burana de Carl Orff. Pero ésto, al más puro estilo Ende, es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

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