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La Milán de los otros

Una vez visitado el Duomo de Milán, recorridas las galerías Vittorio Emanuele II – pisoteados los testículos del toro  – y decepcionado por el aspecto externo del Teatro alla Scala, cualquier turista sin dinero para gastar en Via della Spiga y Via Montenapoleone creería que no hay más nada que ver en la ciudad (porque había que reservar  no con meses sino meeeeeeeses de anticipación una entrada para ver La Útima Cena de Da Vinci, y no lo hizo porque a Milán fué de carambolas).

Pero he aprovechado que a Milán me ha tocado ir más de muchas veces, y he buscado ver otras cosas, sitios no visitados por los vecinos en su luna de miel. Así que me tropecé con un lugar no muy lejos de la Piazza del Duomo: la Iglesia de San Bernardino alle Ossa (San Bernardino de los Huesos). La iglesia por fuera no prometía nada especial o interesante, y en efecto no lo es, salvo por su Osario.

La habitación, más alta que cualquier otra cosa, estaba atiborrada de huesos humanos, ordenados con mucho cariño y apilados en grandes nichos en los muros de la habitación. Algunos de estos huesos – probablemente los más buenmozos – adornaban los muros, junto a frescos y otros artículos decorativos. Caminé entre los bancos destinados a la oración y algunas sillas. No había nadie y a pesar de la cantidad de restos humanos, la atmósfera no era la suficientemente tétrica como para perturbarme.

Me acerqué a un nicho donde habían un montón de cráneos, más de un centenar seguramente, que se mantenían en su sitio gracias a una rejilla. Estudiaba de cerca las calaveras, sorprendiéndome de cuánto eran pequeñas a pesar de ser de individuos adultos.

De repente vi que en la descarnada fosa nasal de un cráneo había un pedazo de papel doblado. “¡Faltas de respeto!” pensé indignado, y cuidadosamente metí los dedos a través de la rejilla hasta alcanzar el papel y comencé a retirarlo delicadamente.

Mi corazón hizo una cabriola (ja, qué palabrita, cabriola) al escuchar un fuerte  estornudo detrás de mí justo en el momento en que sacaba el papel de la nariz de la calavera. Me di la vuelta inmediatamente, asustadísimo porque se suponía que yo estaba solo, y vi un hombre anciano vestido con harapos que se rascaba a nariz.

“¡Qué molesto! Menos mal. Me voy de aquí ¡Gracias!” dijo, se levantó, tomó una mugrienta bolsa de tela  y se dirigió hacia la puerta, caminando más rápido de lo que hubiese pensado para un hombre de su edad.

“¿Cuánto tiempo tiene usted allí?” le pregunté, aún sorprendido pues no me había dado cuenta de su presencia…. de hecho, podría jurar que el anciano no estaba cuando entré en el osario. “¡Demasiado, demasiado….!” contestó sin mirar atrás mientras salía por la puerta… y volvió a estornudar.

Me quedé unos instantes tratando de comprender lo sucedido y me percaté de que aún tenía el papel en la mano. Deduje que no era muy nuevo por su color amarillento. Los desdoblé y vi que tenía algo escrito, a mano, con una caligrafía algo nerviosa:

“Protege a mi nieta de su propio padre”

 Me acerqué de nuevo al nicho y miré otros cráneos, esperando encontrar otros papelitos introducidos en alguna fosa nasal. Revisé el nicho de la pared opuesta y en una calavera bastante en alto vi que  algo blanco se asomaba por la nariz. Comencé a dar pequeños saltos, tratando de poner de acuerdo  a mi natural torpeza con la delicada operación de extraer un pequeño pedazo de papel de un cráneo sobre una pila de huesos sin que todo se viniera abajo.

“¿Qué… hace… usted…?” una voz femenina y delicada.

Me detuve y me di la vuelta lentamente, profundamente abochornado.Ya, seguro era una custodia de la iglesia. Era muy joven y bonita, vestida con un sencillo vestido que le daba el aspecto de una campesina – ¿en Milán? -, y estaba cubierta con un grueso sweater de lana. Me miraba con sospecha y tenía la nariz algo roja… pero estábamos en invierno, no era de extrañarse.

“Di… disculpe señorita. Es que vi que alguien había dejado algo de basura dentro de los cráneos y me pareció que era una falta de respeto y una lástima, entonces pensé en… ” dije como disculpándome, antes de que me fuese a regañar. Odio que me regañen así tengan razón.

La joven caminó y se sentó en un banco, con la mirada fija en el suelo y dijo: “No, no… no es basura”  y se pasó el dorso de la mano por la nariz, en un acto que pareció involuntario. “Verá. Algunas personas han aprendido un modo para… manipular, obligar a las almas de los muertos que aquí reposan a hacer cosas por ellos”. La naturalidad con la que introdujo sin anestesia tan fantástico tema me sorprendió, tipo “Qué bonito día hace hoy. ¿No vio pasar un Yeti por aquí?”.

“Colocando un papel con un deseo, o simplemente instrucciones a seguir, en la nariz de los esqueletos que aquí permanecen, se obliga al ánima a obedecer y a tratar de cumplir con lo pedido. Simplemente las molestias en la nariz no les dejan descansar en paz, como se debería” continuó la muchacha con aire ausente. Luego levantó la mirada y esbozando una sonrisa agregó “Pero usted ha sido muy amable al pensar en sacar los deseos de las narices de los muertos”.

Dejé caer al suelo el papel amarillento y polvoriento que aún sostenía en mi mano y comenté entre risas nerviosas lo simpática y folclorística que era esta historia que me había contado, como los cuentos de las abuelas.

“Eh, ya” respondió no sin cierta decepción en su tono. Me acerqué  a ella y de lejitos coloqué una moneda de dos euros sobre el banco a su lado, como propina por su historia y empecé a a caminar hacia la puerta, despidiéndome. La joven se levantó rápidamente y cuando yo ya estaba por salir, exclamó:

“¡Señor! Disculpe….”

Me detuve y arrastré un sídígame no muy convincente, mientras mi torso se giraba pero mis pies seguían apuntando hacia la puerta.

“¿Podría usted ayudarme? Necesito descansar. Tengo siglos buscando el bendito papel pero….”

Me detuve sólo cuando me di cuenta de que el tren para Genova ya estaba en marcha. Cerré los ojos y suspiré, tranquilizándome. En el asiento de atrás, una persona estornudó sonoramente. No pude evitar cambiar de carroza.

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