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Distopía – Un sueño

Luego de perderme un par de veces en el metro, de caminar hacia la izquierda en lugar de la derecha, de agarrar la camionetica equivocada, llegué a la dirección indicada en el pedacito de papel que mi madre me dió. Era muy temprano en la mañana, y allí me recibiría mi ex vecino, que estaba por graduarse de odontólogo antes del accidente. El edificio era una especie de galpón no demasiado grande, que me resultó vagamente familiar. Un cartel indicaba que se trataba de un edificio gubernamental, relacionado con el Instituto Nacional de Transporte. No me hice demasiadas preguntas. Aun no comprendía muy bien mi nuevo entorno y a veces era menos complicado para mí hacerme el loco y esperar a ver qué sucedía.

La puerta estaba abierta así que entré sin tocar. Me encontré en una habitación enorme, que abarcaba prácticamente toda la estructura, y apartando algunas sillas tipo “sala de espera” colocadas contra las paredes, no vi otra cosa que una serie de sillas de odontólogos colocadas en orden una al lado de la otra, con todo el aparataje respectivo. Me sorprendió ver que no habían cubículos, paneles divisorios, biombos, ni siquiera una cortina que separara cada asiento. Sentí una especie de vergüenza anticipada ante la idea de estar allí con la boca abierta frente a desconocidos, y agradecí que mi vecino me hubiese dado la cita tan temprano. Él estaba de espaldas, al lado de una silla y parecía estar limpiando sus instrumentos. Lo llamé por su nombre y se volteó. Estaba viejo, y seguramente yo también sólo que a diferencia de él, yo no me había dado cuenta del paso de años.

“¡Hola! ¡ Qué bueno que llegaste!” me dijo y noté que su mirada se dirigía directamente a mi boca, gesto que hizo que reprimiese una sonrisa. “De vez en cuando le preguntaba a tu madre por ti. Pobre señora, siempre cuidándote. Es una lástima que muriera un poco antes de que despertaras ¿no?” agregó dándome una palmada detrás del hombro, no con malicia ni con fingido pesar, sino con una fría espontaneidad que me pareció aún más perturbadora. Me sonrió, y noté que sus dientes eran francamente perfectos, parecían de mentira. Me indicó un asiento y me pidió que me recostara. A través de una mascarilla que atenuaba un poco su voz, me comentó que luego de tantos años en coma, seguramente mis dientes no habían sido tratados como merecían. No sin cierto entusiasmo dijo que yo no tenía idea del tesoro que tenía en mi boca, al menos para él. Como todo los odontólogos, estaba acostumbrado a conversar sin obtener respuestas más allá de “aaaahhhghhhhh” o “hmmmhhhhhmm”. Me contaba que muchas cosas habían cambiado, en particular en su profesión. Desde hace ya varios años la opción era remover totalmente los dientes y colocar dientas falsos, uno a uno. Los ingenieros de materiales habían perfeccionado resinas muy resistentes que requerían de poca atención odontológica, de modo que cada vez meno se requerían los conocimientos y el trabajo de un dentista…

Mientras me colocaba un soporte con una membrana de goma en la boca, para comenzar a hacer un tratamiento de conducto (y evitar que la saliva tocase y contaminase lo que quedaba de muela) escuché un portazo y unos pasos. Mi vecino dió los buenos días sin alzar la vista de mi boca y una voz masculina y jovial se acercó. “Hola, por aquí tan tempra… ¡Pero mira! ¿Un tratamiento de conducto? ¿ Y qué infracción cometió éste?” dijo riendo una cara que se acercó a la mía desde lo alto. Era de piel oscura y blanquísima sonrisa. Parecía simpático a pesar de que no comprendí su comentario. “No… es un viejo amigo, de los que aún tienen dientes de verdad” respondió mi vecino mientras continuaba con su trabajo. “Entonces es de verdad viejo” bromeó el colega y se alejó.

Casi inmediatamente escuché de nuevo la puerta y otra voz, esta vez menos divertida. “Buenos días…..” “Buenas. ¿En qué lo puedo ayudar?” “Tengo que pagar una multa…” “Muy bien, siéntese por aquí. Póngase cómodo” Sí, había pasado muchos años en coma, cierto. Sí, mi cerebro aún me jugaba malas pasadas y no siempre comprendía bien lo que sucedía a mi alrededor, pero todo tiene un límite. Con la boca abierta, sin poder voltear pues mi vecino me jurungaba una muela, me horrorizaba al ver por el rabo del ojo cómo el colega que hasta hace poco era amable y simpático amarraba a la silla de al lado al evidentemente nervioso paciente con unas gruesas correas de cuero, se colocaba guantes y mascarilla y testeaba un pequeño taladro. Dejé escapar un gemido incierto y mi vecino me respondió con un gentil “ssssshhhhhhh”. El colega de mi vecino tomó entonces un trozo de papel que el paciente sostenía en una mano y leyó en voz alta: “Caballero, a usted le tocan 2 minutos y 37 segundos. Así quizás recuerda ir más lento la próxima vez… “, sacó de una caja una bolsita de plástico sellada que contenía una especie de pelota de goma, que colocó en la boca del paciente, para que mordiera… y encendió el taladro.

No lograba ver lo que sucedía pues mi vecino estaba prácticamente sobre mi, pero notaba que su colega no estaba inclinado sobre la cara del paciente que debía pagar una multa, sino sobre sus piernas. El sonido del taladro rápidamente fue superado por los gemidos del paciente, que cerraba los ojos y mordía ferozmente la pelota de goma, los músculos del cuello en tensión y lágrimas que corrían por su rostro enrojecido. Traté de hablar y me moví, intentando ver lo que sucedía. Mi vecino me tomó por los hombros y me empujó de nuevo contra el espaldar de la silla “¡Qué te quedes tranquilo, coño! No te preocupes”. Mientras yo manoteaba con mi vecino para que me dejara levantarme, con la mandíbula casi dislocada por tenerla abierta con un armazón metálico adentro, vi cómo el paciente escupía la pelota de goma y se desgarraba la garganta con un grito de dolor. Me senté del tiro y quité del medio a mi vecino, que trastabilló hacia atrás  al enredarse con el pedal de la silla odontológica. La bandeja con los instrumentos se volteó y todo terminó por el suelo, y  lo que vi fue mucho para mi frágil cerebro.

El paciente amarrado a la silla tenía sus pantalones arremangados hasta debajo de las rodillas exponiendo ambas piernas. El colega de mi vecino sostenía entre sus manos enguantadas un pequeño taladro y perforaba minuciosamente  las canillas del paciente. Habían ya 3 o 4 orificios abiertos y gruesas gotas de sangre espesa dejaban su rastro mientras se deslizaban para caer finalmente sobre la silla. El colega levantó la vista y supe que sonreía detrás de su mascarilla blanca. Mi vecino se acercó a mi y con tono calmante me invitó a recostarme de nuevo, que iba a arruinar todo el tratamiento si me seguía moviendo y que todo iba a estar bien. Yo balbuceaba sin parar, señalando la escena, pidiendo explicaciones de semejante falta de humanidad.

“…no lo recuerdas, entonces. Habrás perdido la memoria”, el rostro de mi vecino muy cerca del mio. Podía verme en sus ojos.

“¿aaahhh? ¿mmmmmmhhhhhh?”

“Tu accidente. Fue justo en el año en el que se había implementado el nuevo método de pago de multas”

“¿hmmmmmmm? ¡Aaah vaaah vaahhh agaaaah!”

“Infringiste miles de normas de tránsito esa noche… y la multa… fue muy grande”

“…. aaahaa… ¡oooh!”

Los gritos del paciente no disminuían, aún así escuché al colega saludar a una persona que acababa de llegar.

“Desde entonces nos encargamos nosotros. A los de antes se les pasó la mano contigo”

Entonces lo recordé todo. La fiesta, toda la vodka imaginable, la cocaína. La prepotencia al volante, el choque, el otro choque, insulto a uno, insulto a otro, insulto a las Autoridades. El edificio que ya no era vagamente familiar, y el dolor.

Me levanté de la silla y me arranqué de la boca el armazón metálico y escupí los algodones ensalivados. Mi vecino dio dos pasos hacia atrás, mostrándome sus palmas en señal de paz, evidentemente asustado. Su colega dejó el taladro a un lado y colocó la pelota de goma en la boca del paciente. Comenzó a caminar hacia a mí y noté que su mascarilla, sus guantes y su bata estaba salpicada con miles de puntitos rojo sangre.

“¡No te me acerques!” le grité mientras babeaba por una comisura de la boca. EL colega de mi vecino me hablaba tranquilo, calmándome, mientras que su paciente había escupido de nuevo la pelota y gritaba incesantemente que los 2 minutos y 37 segundos ya habían pasado, que lo dejaran ir. Vi una señora mayor, muy arreglada y bien maquillada, que me miraba aterrorizada con grandes ojos azules y apretaba fuertemente su cartera contra el pecho.

No podía creer lo que estaba sucediendo, lo que había sucedido conmigo, como habían cambiado las cosas. Me comenzó un dolor de cabeza paralizante y decidí calmarme, pensando también en la anciana señora, que quizás no estaba en condiciones de alterarse.

Mi vecino me miró con preocupación, y algo de lástima. Se dirigió a la señora y le preguntó si podía ayudara en algo.

“Sí, jóven. Debo pagar una multa….”. Traté de abrir la boca para decir No, pero no pude. La señora continuó con una risita nerviosa “pero sabe, me llegó una carta informándome que soy VIH positivo, entonces pensé… si ustedes serían tan amables de ponerle fin… al asunto… antes de tener que pagar la multa…..”

Miré desesperado a mi vecino, tratando de sostenerme de una silla, pero cuando escuché que su colega respondió que todo dependía de la fecha de la multa y la fecha del examen de sangre, me desplomé al suelo. Y no recuerdo nada más.

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Digital Ghost

Me es imposible recordar con cuantas personas he chateado desde que tengo acceso a Internet.

La enorme mayoría no fueron más que un One Night Stand virtual (y no hablo solamente del cyber sexo). otros fueron presencias un poco más constantes, como cuando chateaba en una sala de fans de Tori Amos, o como cuando participaba en juegos de rol en red. Los saludaba todas las noches, nos contábamos cosas personales, reales o de mentira, habíamos visto la mejor foto posible de cada uno de nosotros.

Y así como aparecen un día, se disuelven. Y tu cerebro archiva estas presencias y si no sucede nada que te las haga sacar a la luz de nuevo, permanecerán  en la parte de atrás de tu cabeza atrapadas entre redes de neuronas que parecen telarañas.

Pero luego los mecanismos de la memoria son fascinantes, y en un momento, mientras le explicaba a un gringo lo que era el “Perico” en inglés, recordé a Jen Jen scrambled eggs.

Madre de dos niños a pesar de ser muy joven, vivía en Tampa, Florida.  Su corteza cerebral era una masa de cicatrices y por esto sufría de epilepsia. Fan de Tori Amos al igual que yo. Una vez me ayudó a corregir un cuento que había escrito en inglés. Por algún motivo sentí una extraña nostalgia. Incluso una preocupación: ¿qué sería de la vida de Jen Jen? La útima vez que supe de ella se estaba divorciando de su marido, con el que alguna vez jugué un juego de rol de superhéroes.

Facebook, Pipl, MySpace… imposible desaparecer en esta era. Recordaba su nombre, pero no su apellido… recordaba su dirección de correo electrónico, pero no la extensión. Glamourfan. Así que busqué. No diré que pasé días buscando solo por causar un efecto dramático. No cliqué más de dos veces el “maus” y dí con un perfil era seguramente el de ella. Tenía incluso su mejor foto posible. La única que había visto.

Pedí su “amistad”, escribiéndole un mensaje titubeante, preguntando si me recordaba. Tuve que colocarme más cabello y quitarme unos cuantos kilos para que me pudiera reconocer. Tuve que recordar un poco cómo era yo en ese entonces, y no me pareció un ejercicio desagradable, si bien nostálgico. De todas formas, era la única manera de hacerme reconocible.

Pasaron un par de clicks más y tenía un nuevo amigo en mi red social. Jen Jen Scrambled Egg is Online.

Sentí una ligera emoción, como cuando tu corazón acelera y se aleja, pero hacia adentro. La saludé tímidamente y me respondió como si no hubiesen pasado más de 48 horas desde la útima vez que hubiésemos chateado. Estaba contento por ello, me gustaba pensar que aún siendo virtual, el lazo que habíamos formado había permanecido.

Entonces como un loco me puse al día con ella. Tantas cosas han sucedido desde la última vez:

Cambié de continente, cambié de pareja (dos veces), tengo más tatuajes, más kilos, menos cabello. Y ella igual, su mejor foto, su sentido del humor, nada había cambiado.

Comencé a cantar, dejé los juegos de rol, conocí a Tori Amos, aprendí otro idioma. Y Jen respondía igual… nada había cambiado.

Así que luego de vanidosamente hablar de mí por largo rato, empecé a hacerle preguntas. Todo igual, simpática como siempre (solíamos reírnos bastante), sus dos hijos pequeños estaban bien… por lo que me decía, pareciera que sus hijos no hubiesen crecido. Que ella estuviese igual, era comprensible. Pero a los niños se les nota cuando pasa el tiempo. Y  fue justamente cuando dejé de hablar de mi y puse mayor atención en lo que Jen Jen  me decía que me sentí extraño, como si algo no estuviese bien.

Jen respondía como siempre, pero de alguna manera la sentí… vacía. Sentí como si sus palabras hubiesen sido dichas años atrás en alguna de las estupendas conversaciones que tuvimos, y lo que yo estaba percibiendo ahora era el eco que regresaba.

Sentí que Jen no estaba realmente allí, como si yo estuviese chateando con su recuerdo, una memoria.

Confundido por tal percepción, decidí despedirme, no sin antes repetirle lo contento que estaba por haberla encontrado. No hizo ninguna alusión al respecto.

Mandé un mensaje a su ex marido, cosa que había querido evitar al no saber cómo había sido el cambio de “estado sentimental” entre ellos dos. Le pregunté por Jen, que si sabía algo de ella, que cómo estaba.

Su respuesta no tardó en llegar, pero aún no he querido descifrarla completamente:

Dude, she is long gone.”

Coloqué un video en su Timeline:

JenJen puso Me Gusta.

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Somewhen

Siempre le tuve cariño al Museo de Ciencias de Caracas, en Bellas Artes. Es pequeño, es modesto, pero en mi opinión, tenía su encanto. Los animales africanos disecados – que poco a poco fueron substituidos por fauna nacional -el enorme oso pardo y el clásico esqueleto del tigre dientes de sable. Fue una alegría ver los restos del caparazón de Uruma, la que en su momento fue la tortuga más grande jamás descubierta. Me gustó el museo como espectador, como el que llega a adquirir conocimientos y maravillarse; y adoré el museo cuando trabajé por algunos meses como guía, enseñando y sorprendiendo a los visitantes con las colecciones e instalaciones que hacían parte del museo.

El interés por los museos y la ciencia en masa se ha mantenido, así que siempre trato de hacer un poco de trabajo de campo y visitar nuevos lugares e instalaciones. Así que cuando finalmente tuve la oportunidad de ir a Londres, aprovechando un momento de confusión entre mis acompañantes, logré escabullirme al Museo de Ciencias, para disfrutármelo en santa paz.

Porque los museos de ciencias siempre albergan, entre sus colecciones, cosas maravillosas e inesperadas, a pesar de que han estado siempre allí.

Y entre cápsulas espaciales, auténticas máquinas de vapor, el modelo de la doble hélice del ADN con partes originales de aquél usado por Watson & Crick – y un montón de cosas más – me llamó la atención una instalación en particular. Era un simple espacio donde sentarse, flanqueado por dos paneles con altoparlantes. A un lado había una especie de podio con un cuaderno de acrílico abierto, donde explicaban que la instalación se llamaba Longplayer: una composición musical para campanas tibetanas y gongs, creada por Jem Finer, uno de los fundadores del grupo The Pogues. La particularidad de esta composición es que está diseñada para durar un milenio, y se está ejecutando desde el primero de enero del año 2000, y con la intención de ser completada el 31 de diciembre del año 2999.

La idea me pareció más que interesante, y miles de historias comenzaron a escribirse en mi cabeza. Una pieza musical que se está ejecutando desde hace ya una década y que pretende prolongarse por un milenio, simplemente fantástico. Me di la vuelta con la intención de sentarme en el pequeño espacio entre los altoparlantes y vi entonces a una joven que me miraba evidentemente emocionada. Tendría unos 20 años y un sonriente rostro pecoso y enmarcado por una melena color cobre. Sus ojos eran apenas dos rendijas porque el tamaño de su sonrisa dejaba poco espacio para el resto. Vestía un abrigo ligero verde, que se combinaba perfectamente con su cabellera y estaba de pie, con las manos juntas hacia adelante y sosteniendo con ambas lo que parecía ser un pedazo de papel. Traté de disimular mi incomodidad, pero es imposible cuando tienes una mujer que sonríe enloquecida mientras te observa fijamente. Así que fruncí el ceño para parecer lo menos amigable posible y no ser interrumpido mientras volcaba mi atención, nuevamente, hacia la instalación de Longplayer.

Y cuando estaba por sentarme, sentí que me tocaban no demasiado delicadamente el hombro, y un “Hello…” acompañando el gesto. Me volteé y me encontré a la joven de cabellos rojos y cara pecosa mucho más cerca, quizás demasiado.  La miré y siseé un “yyyyeeeeesssss?” mirándola de arriba a abajo asegurándome de que no tuviese un puñal escondido en algún lado, entonces presumo que ella se percató de su conducta socialmente inaceptable, pues hizo un gesto particular con su rostro como recobrando la compostura perdida, y tomó aire para hablar:

“Hola”, dijo en inglés “no nos conocemos… aún, bueno, en realidad… nos conocimos ya, pero…”, se sonrojó de nuevo emitiendo una serie de pequeñas carcajadas, discretas pero histéricas de todas formas,  “I’m Zoë, anyway“.

“¿Dónde nos conocimos? Disculpa pero no recuerdo….” le dije, pues mi curiosidad sobrepasaba mi temor.

Entonces Zoë, como dijo llamarse, se acercó a la instalación con expresión de quien está tratando de desviar la atención y sin mirarme a los ojos, dijo: “Esta canción tiene poco más de 11 años sonando, y lo hará por un milenio, increíble” y mirándome a los ojos, continúa: “Alguien me dijo una vez que de alguna manera este objeto, la melodía, que ha permanecido en el tiempo, y con suerte permanecerá aún, podría conectarnos con cualquier punto de dicha línea temporal… ”

“Pensé exactamente lo mismo cuando leí de lo que se trataba” respondí  muy sorprendido “pero… ¿por qué no tuve la misma sensación cuando, por ejemplo, vi el Coliseo de Roma? Es algo que está allí desde mucho antes?”. Ya se me había olvidado que minutos antes, esta joven me producía temor.

“He pensado sobre eso desde que vi esta instalación, hace unos 10 años, y pienso que tiene que ver con la naturaleza dinámica de la música, en contraste con la naturaleza estática de un monumento. Además…” sonrió con cierta picardía que me recordó al jengibre “… estaremos de acuerdo con que la música es un viaje ¿cierto?”

Anyway” dijo mientras extendía el pedazo de papel hacia mi “escucha y me dirás qué… te parece. Eso sí, lleva ésto contigo”. Y mientras me sentaba en el espacio destinado para escuchar, tomé el pedazo de papel. Mis tímpanos comenzaron a resonar junto a las notas de las campanas tibetanas y sentí una extraña sensación, como un hormigueo, en la punta de los dedos y alrededor de los ojos. Abrí el papel, que no era muy nuevo y estaba planchado, como si hubiese sido conservado dentro de un libro pesado. Tenía dibujado un círculo, en lápiz. se notaba perfectamente dónde iniciaba el trazo y dónde terminaba, justo al lado. Alcé la mirada buscando a Zoë y vi que estaba frente a mi a unos metros, y se despedía con un gesto de la mano.

El hormigueo se hizo muy fuerte y me hubiese gustado poder meter los dedos por mis oídos y rascarme detrás de los ojos. Sentí también una sensación de vacío en el estómago y nauseas. Cerré los ojos y por un momento no sentí nada a mi alrededor ni siquiera la silla donde estaba, solo la música…y sobretodo, noté una discontinuidad en la melodía, como cuando un CD salta mientras está siendo leído por el láser.

Al abrir los ojos, me encontraba en el Museo de Ciencias de Londres, pero era completamente diferente.

A mi lado, una  preadolescente, pecosa y pelirroja, leía en voz alta la información sobre Longplayer. Volteó y al verme dejó escapar un breve chillido de sorpresa. Era ella, con 10 años menos.

“¡Bloody hell, me asustaste!” dijo “¿desde cuándo estas allí?”

Se sorprendió mucho más cuando la llamé por su nombre: Zoë. Me preguntó si ya nos conocíamos, y le dije que en realidad no, pero que lo hicimos dentro de 10 años.

“Este objeto, la melodía, que permanecerá por mucho tiempo, nos permitirá conectarnos con cualquier otro punto de ésta linea temporal. Toma, no lo pierdas nunca, que tendrás que devolvérmelo más adelante”.

Zoë tomó el papel. No dejaba de mirarme boquiabierta. Le dije y le pedí que recordara la fecha en la que escuché Longplayer por primera vez… y agregué que sería una muchacha muy bonita dentro de 10 años. Chao, me tengo que ir.

Y de nuevo las campanas tibetanas resonaron en mis oídos, el hormigueo y la nausea regresaron. Cerré los ojos y me sentí de nuevo suspendido en la larga nota de un gong que poco a poco se fue apagando hasta que quedó completamente cubierta por voces, pasos, anuncios por los altoparlantes. Abrí los ojos y un niño pasó corriendo frente a mi. Más allá, Zoë me esperaba, siempre sonriente.

“¿Te das cuenta que de cierta forma somos inmortales…” me comentaba Zoë mientras admirábamos un enorme fósil en el Museo de Historia Natural, al que le pedí que me acompañara

…in an eternal loop… somewhen?

***

Disclaimer: las fotos no son mías. Son de Internet.

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Un Viaje

No es una idea nueva, la música es un viaje. La música, ciertas notas, acordes, melodías, a veces son como dedos que presionan los botones que tenemos en el cerebro y que hacen que pensemos cosas. Son también dedos que tocan las cuerdas del arpa que tenemos en el pecho, y que nos hace vibrar y sentir cosas (sí, yo me imagino botones en la cabeza y arpas en el corazón, no me pregunten).

Tengo dos primos que son muy particulares. Son más grandes que yo y poco sorprendentemente, siempre lo fueron. Cuando yo era pequeño, sin embargo, cada vez que nos veíamos lograban empequeñecerse significativamente, como si comieran  el hongo de Alicia en el País de las Maravillas, y de esta manera podíamos jugar. Lo mejor de todo era que alguna vez trajeron consigo, hasta mi edad entendido como mi mundo, cosas de gente grande, a la que ellos ya habían estado expuestos.

Fueron situaciones análogas, imagino yo,  a cuando Marco Polo trajo la pólvora desde el Lejano Oriente.

Mi prima, en su afán por presentarme lo mejor que el mundo exterior podría ofrecerme, instigó a mi primo a que me grabara un cassette. Se trataba del álbum Zoolook, de Jean Michel Jarre. Ya había escuchado una parte en el tocadiscos de mi primo, y el nombre y la carátula me parecían suficientemente interesantes. Incluso mi primo dibujó dos ojos en lugar de dos “o” sobre el cassette, más o menos como salía en el disco. Ese día regresé a mi casa sin saber que lo que traía entre mis manos era una llave.

Mi hermana en cambio siempre ha sido la típica hermana mayor, para lo bueno y para lo malo. A diferencia de mis primos ella ahora no es mucho mayor que yo, pero en ese entonces sí lo era. Así como ahora que uno es adulto nos parece que una hora es nada mientras que cuando niños nos parecía una eternidad,  3 años de diferencia son pocos cuando se tienen 30, pero cuando no has superado los 10, pueden hacer mucha diferencia. Sin embargo, jugábamos mucho, y a los niños les encanta jugar a los retos y pruebas de fuego… y sobre todo a obligar a los demás a demostrar una valentía que no existe y que si existiese, tampoco tendría demasiada importancia demostrarla.

El caso es que terminé encerrado en el closet, sentado entre el castillo y el estacionamiento de Fisher-Price que allí guardábamos, en total oscuridad excepto por una delgada rendija luminosa, el espacio entre las puertas del closet. Mi hermana permanecía afuera, como un cerbero de una sola cabeza, sosteniendo contra la puerta del armario un pequeño reproductor con mi cassette de Zoolook, que ya mi hermana había catalogado como terrorífico y por lo tanto perfecto para esta prueba: permanecer el mayor tiempo posible en la oscuridad escuchando la música de Jean Michel Jarre.

Recuerdo la respiración agitada, hacía calor allí dentro, y la torre del castillo de Fisher Price se clavaba en mis muslo derecho. Estaba nervioso, una intuición infantil me anticipaba lo difícil que sería salir incólume de esta situación. Mi hermana azuzaba mi angustia con comentarios tipo “¿Estás listo? No te dejaré salir hasta que no se acabe, lo sabes” o “¿Estás seguro? Ahora o más nunca” , etcétera. Pero yo estaba decidido. Yo tenía que vivir esta experiencia. La misma intuición infantil me decía que podría valer la pena.

Escuché el ruidosísimo “click” del repro, y unos instantes después, un grupo de cuatro elefantes  se aproximaba en la oscuridad. Caminaban lentamente, y su andar tenía cierto aire agónico, pero majestuoso. Levantaban sus trompas de forma secuencial, con cada paso, y una especie de viento denso y oscuro me envolvió, sobresaltándome. Era un sonido, que también era música.  Noté que los 4 elefantes estaban unidos por sus cuerpos, como si fueran cuatrillizos siameses, dando como resultado una gran mole con muchas patas y cuatro cabezas. Sobre sus lomos amalgamados entre sí, había una pequeña tienda de color madreperla, con muchas decoraciones doradas. Brillaba en la oscuridad reinante y era hermosa, sin embargo, envejecida y mancillada por los avatares del tiempo y las vicisitudes del viaje.

Me asusté al escuchar una voz profunda que me susurró al oído en un idioma desconocido. Fue un hombre completamente negro, desde los pies hasta el sombrero, y que en la total oscuridad donde me encontraba, no pude ver. Me dijo que estaba prohibido ver y conocer aquel que viajaba sobre los elefantes siameses. La visión de su magnífico rostro podría llevarme a la locura, y que por ello estaba cubierto por 14 velos. Era un emisario.

En ese momento pude escuchar, entre el barritar de el/los elefante/s, un sonido que era una voz. Provenía de la tienda, y supe era el emisario  que cantaba. Era un canto melancólico, era evidente su cansancio. Estaba buscando algo.

Pero lo que más me perturbó fue que estaba cantando para que yo lo escuchase.

El grupo de elefantes siguió su camino, y sentí la presencia de otras … personas, como el hombre completamente negro de voz profunda. Se acercaban a el/los elefante/s, que era en realidad la única cosa presente, el único punto de referencia. Hablaban, emitían sonidos que eran voces, y sentí que estaban a la expectativa. Caminé al lado de el/ellos por un rato, sumergido en ese sonido que era viento, entre esas voces que eran personas, y tratando de comprender el canto del emisario.

De repente, el/los elefante/s se detuvieron. Retrocedí para ver mejor lo que ocurría sobre su/s lomo/s y ví que la tienda se agitaba y una pequeña rendija luminosa aparecía, se estaba abriendo. Una intensa luz surgió de forma casi violenta y como un flash fotográfico iluminó por un instante los alrededores de el/los elefante/s. Me sobresalté al ver, gracias a la luz, que yo estaba en realidad completamente inmerso en una multitud de individuos que solo percibí en ese instante, y que una vez esfumado hasta el último fotón luminoso, desaparecieron, como si jamás hubiesen existido… a excepción de sus voces, que eran sonidos.

Alcé la mirada y vi que el emisario estaba de pie sobre el/los elefante/s. La tienda ya no estaba, pero sus ropas estaban igual de envejecidas. Su rostro, como había dicho el hombre completamente negro, estaba cubierto por 14 velos, que comenzaron a caer como los pétalos marchitos de una flor, uno a uno, mientras los sonidos que eran voces que eran individuos festejaban con una especie de danza tribal. Recordé temor las palabras del hombre completamente negro sobre la visión del rostro del emisario, pero al mismo tiempo, una curiosidad que sólo puede ser considerada como infantil, me dominaba. Los presenten se exaltaban más y más con cada velo que caía del rostro del emisario. Conté cada velo como una cuenta regresiva, sintiendo cada vez con mayor intensidad los sonidos que me rodeaban, esperando que el rostro del emisario me fuese finalmente revelado.

Y al momento de caer el último velo, de nuevo vi una luz intensa que lastimó mis ojos, que ya estaban acostumbrados a la oscuridad. Escuché un sonido cortante, un “clack”, y luego silencio. Mientras me cubría los ojos con la mano, una voz dijo: “Mi mamá dice que dejemos de jugar en el closet”.

Era mi hermana.

Salí del armario y de algún modo supe que no estaba regresando a la misma habitación de antes. Tomé el cassette con los dos ojos dibujados y lo guardé celosamente. Pensé que si algún día querría regresar, quizas. Con los años me di cuenta de que en realidad fue un viaje sin retorno… como todos los viajes.

Tiempo después, descubrí que en el mismo cassette mi primo había grabado previamente otra obra musical, que había quedado parcialmente escondida bajo los sonidos del señor Jarre. Luego supe que eran fragmentos de Carmina Burana de Carl Orff. Pero ésto, al más puro estilo Ende, es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

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No estoy muerto…

…pero casi.

No se asusten. Es sólo que la Alcaldesa de mi pueblo decidió sembrar unos árboles exóticos traídos de la Isla de Pascua cuyo polen hace que mi cabeza se sienta como si fuese de piedra.

Y me hacen estornudar mucho… doy unos cabezazos como para demoler edificios enteros.

Luego de las vacaciones pascuales les echo otro cuento.

Abrazos a todos.

(esta foto no la tomé yo, nunca he ido a la Isla de Pascua)

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La Milán de los otros

Una vez visitado el Duomo de Milán, recorridas las galerías Vittorio Emanuele II – pisoteados los testículos del toro  – y decepcionado por el aspecto externo del Teatro alla Scala, cualquier turista sin dinero para gastar en Via della Spiga y Via Montenapoleone creería que no hay más nada que ver en la ciudad (porque había que reservar  no con meses sino meeeeeeeses de anticipación una entrada para ver La Útima Cena de Da Vinci, y no lo hizo porque a Milán fué de carambolas).

Pero he aprovechado que a Milán me ha tocado ir más de muchas veces, y he buscado ver otras cosas, sitios no visitados por los vecinos en su luna de miel. Así que me tropecé con un lugar no muy lejos de la Piazza del Duomo: la Iglesia de San Bernardino alle Ossa (San Bernardino de los Huesos). La iglesia por fuera no prometía nada especial o interesante, y en efecto no lo es, salvo por su Osario.

La habitación, más alta que cualquier otra cosa, estaba atiborrada de huesos humanos, ordenados con mucho cariño y apilados en grandes nichos en los muros de la habitación. Algunos de estos huesos – probablemente los más buenmozos – adornaban los muros, junto a frescos y otros artículos decorativos. Caminé entre los bancos destinados a la oración y algunas sillas. No había nadie y a pesar de la cantidad de restos humanos, la atmósfera no era la suficientemente tétrica como para perturbarme.

Me acerqué a un nicho donde habían un montón de cráneos, más de un centenar seguramente, que se mantenían en su sitio gracias a una rejilla. Estudiaba de cerca las calaveras, sorprendiéndome de cuánto eran pequeñas a pesar de ser de individuos adultos.

De repente vi que en la descarnada fosa nasal de un cráneo había un pedazo de papel doblado. “¡Faltas de respeto!” pensé indignado, y cuidadosamente metí los dedos a través de la rejilla hasta alcanzar el papel y comencé a retirarlo delicadamente.

Mi corazón hizo una cabriola (ja, qué palabrita, cabriola) al escuchar un fuerte  estornudo detrás de mí justo en el momento en que sacaba el papel de la nariz de la calavera. Me di la vuelta inmediatamente, asustadísimo porque se suponía que yo estaba solo, y vi un hombre anciano vestido con harapos que se rascaba a nariz.

“¡Qué molesto! Menos mal. Me voy de aquí ¡Gracias!” dijo, se levantó, tomó una mugrienta bolsa de tela  y se dirigió hacia la puerta, caminando más rápido de lo que hubiese pensado para un hombre de su edad.

“¿Cuánto tiempo tiene usted allí?” le pregunté, aún sorprendido pues no me había dado cuenta de su presencia…. de hecho, podría jurar que el anciano no estaba cuando entré en el osario. “¡Demasiado, demasiado….!” contestó sin mirar atrás mientras salía por la puerta… y volvió a estornudar.

Me quedé unos instantes tratando de comprender lo sucedido y me percaté de que aún tenía el papel en la mano. Deduje que no era muy nuevo por su color amarillento. Los desdoblé y vi que tenía algo escrito, a mano, con una caligrafía algo nerviosa:

“Protege a mi nieta de su propio padre”

 Me acerqué de nuevo al nicho y miré otros cráneos, esperando encontrar otros papelitos introducidos en alguna fosa nasal. Revisé el nicho de la pared opuesta y en una calavera bastante en alto vi que  algo blanco se asomaba por la nariz. Comencé a dar pequeños saltos, tratando de poner de acuerdo  a mi natural torpeza con la delicada operación de extraer un pequeño pedazo de papel de un cráneo sobre una pila de huesos sin que todo se viniera abajo.

“¿Qué… hace… usted…?” una voz femenina y delicada.

Me detuve y me di la vuelta lentamente, profundamente abochornado.Ya, seguro era una custodia de la iglesia. Era muy joven y bonita, vestida con un sencillo vestido que le daba el aspecto de una campesina – ¿en Milán? -, y estaba cubierta con un grueso sweater de lana. Me miraba con sospecha y tenía la nariz algo roja… pero estábamos en invierno, no era de extrañarse.

“Di… disculpe señorita. Es que vi que alguien había dejado algo de basura dentro de los cráneos y me pareció que era una falta de respeto y una lástima, entonces pensé en… ” dije como disculpándome, antes de que me fuese a regañar. Odio que me regañen así tengan razón.

La joven caminó y se sentó en un banco, con la mirada fija en el suelo y dijo: “No, no… no es basura”  y se pasó el dorso de la mano por la nariz, en un acto que pareció involuntario. “Verá. Algunas personas han aprendido un modo para… manipular, obligar a las almas de los muertos que aquí reposan a hacer cosas por ellos”. La naturalidad con la que introdujo sin anestesia tan fantástico tema me sorprendió, tipo “Qué bonito día hace hoy. ¿No vio pasar un Yeti por aquí?”.

“Colocando un papel con un deseo, o simplemente instrucciones a seguir, en la nariz de los esqueletos que aquí permanecen, se obliga al ánima a obedecer y a tratar de cumplir con lo pedido. Simplemente las molestias en la nariz no les dejan descansar en paz, como se debería” continuó la muchacha con aire ausente. Luego levantó la mirada y esbozando una sonrisa agregó “Pero usted ha sido muy amable al pensar en sacar los deseos de las narices de los muertos”.

Dejé caer al suelo el papel amarillento y polvoriento que aún sostenía en mi mano y comenté entre risas nerviosas lo simpática y folclorística que era esta historia que me había contado, como los cuentos de las abuelas.

“Eh, ya” respondió no sin cierta decepción en su tono. Me acerqué  a ella y de lejitos coloqué una moneda de dos euros sobre el banco a su lado, como propina por su historia y empecé a a caminar hacia la puerta, despidiéndome. La joven se levantó rápidamente y cuando yo ya estaba por salir, exclamó:

“¡Señor! Disculpe….”

Me detuve y arrastré un sídígame no muy convincente, mientras mi torso se giraba pero mis pies seguían apuntando hacia la puerta.

“¿Podría usted ayudarme? Necesito descansar. Tengo siglos buscando el bendito papel pero….”

Me detuve sólo cuando me di cuenta de que el tren para Genova ya estaba en marcha. Cerré los ojos y suspiré, tranquilizándome. En el asiento de atrás, una persona estornudó sonoramente. No pude evitar cambiar de carroza.

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Daños Internos

Las cosas que uno hace por amor.

Conoces a alguien, te gusta, se conocen un poco más, te gusta un poco más. Y si tienes suerte, le gustas tú también. Entonces todo es maravilloso, te ríes de sus chistes, todo lo que te cuenta te parece interesantísimo, hasta la verruga que tiene en alguna parte inadecuada te parece sexy.

Y llega el día en que finalmente pasarán la noche juntos. No estoy hablando de la primera vez que dos personas que se gustan tienen sexo, sino de tal cual pasar la noche juntos. Dormir uno al lado del otro.

También me sucedió. Conocer, gustar, todo bello. Hasta que dormí a su lado, es decir, yací a su lado, porque dormir fue imposible.

Pero las cosas que uno hace por amor, por querer seguir respirando el mismo aire mientras él duerme, a pesar de que en lugar de respirarlo, lo machacase.

Los síntomas tardaron poco tiempo en aparecer . Ojos rojos, fatiga, agitación y nerviosismo. Caballerosamente, él esperaba a que me durmiese, muchas veces sin éxito, pues apenas tocaba la cama,  se sumergía en las profundidades de un infierno onírico donde sus ronquidos se amalgamaban perfectamente con los gritos desolados de las almas torturadas que allí moraban y yo descendía en un espiral de locura y desesperación. Dante Alighieri no hubiese podido jamás imaginar tales horrores para su hades.

Recurrí a unos simples tapones para los oídos, y santo remedio… logré conciliar el sueño.

Pero los síntomas no pasaron, más bien empeoraron. Debilidad, fatiga, dolor corporal, pesadillas incesantes. Y mientras más tiempo pasaba, más necesidad sentía de permanecer en la cama. Simplemente no tenía fuerzas para levantarme. Una noche sentí que me ahogaba, comencé a toser y retorcerme de dolor, un dolor atroz en lo más profundo de mis entrañas. Cuando en medio de mi agonía logré encender la luz, noté que sangraba por todos los orificios – todos – de mi cuerpo. Mi compañero nocturno continuaba plácidamente su sinfonía de destrucción y un torrente de sangre subió por mi garganta y se desbordó por mi boca a borbotones, no sin cierta violencia. La sangre salpicó por todos lados y despertó a mi atormentador, quien diligentemente me llevó en su moto a Emergencias, mientra yo dejaba caer saliva sanguinolenta sobre su hombro, aturdido y agonizante.

Y bueno, uno hace cosas por amor, pero no siempre el amor hace cosas por uno.

Los exámenes indicaron lesiones graves en los órganos principales, causadas por las fuertes vibraciones que sus ronquidos generaban. Dormir a su lado me estaba llevando progresivamente no solo a la locura, sino también a una muerte segura.

(nota: las imágenes las encontré por ahí en internet, no son mías)

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