La Fisiología del Deseo

“Potremmo incontrarci alla librería Feltrinelli”. La frase me recorrió la espalda. Letra por letra, vértebra por vértebra.

¿Por qué, después de tantos años, finalmente Luca hacía una propuesta tan… transgresora?

¿Por qué ahora, cuando encontrarse era un problema, un tabú? Si acaso era posible verse, por poco tiempo, y de lejos.

Las librerías eran una de las pocas actividades económicas a las que el Gobierno había autorizado la reapertura durante la Gran Pandemia. Muchos la consideraron una medida oportuna: había que cultivar la cultura, impulsarla, rescatarla. Para otros fue simplemente una maniobra para dar una falsa impresión de normalidad, una especie de migaja de civilización que nos dieron para distraernos de la catastrofe que se nos había echado encima, y no estoy hablando del virus.

Pero al fin y al cabo, poco nos quedaba. Las tiendas de alimentos se habían convertido en simples almacenes y puntos de despachos de la caja de víveres precocidos quincenales que podíamos adquirir con nuestra tarjeta , calibrada según los integrantes del nucleo familiar, mascotas excluidas. Las mascotas ya no estaban, pues el Gobierno había considerado que la necesidad de sacarlas a pasear a diario para que hicieran sus necesidades fisiológicas no era adecuado para el Plan de Contención del virus.

El día que salió el decreto, se convirtió en un segundo 28 de Diciembre para todos nosotros.

Las tiendas de ropa, calzado… igualmente convertidas en puntos de distribución de Equipos de Protección Individuales Integrales, que debían ser regresados periódicamente para su esterilización o reciclaje. Estaban diseñados para minimizar la exposición al virus que podría estar en el ambiente, hechos de un polimero especial que según, reducía el tiempo de vida del virus fuera de un organismo.  Todos nos vestimos de la misma manera, con una minima variedad de modelos disponibles (los cuales deben garantizar la protección contra el patógeno, herméticamente cerrados, pero transpirables), hechos con el mismo material que por desgracia es de un solo color. Las bromas y ni tan bromas sobre la China comunista no han cesado a pesar de que ya hace rato que nos acostumbramos a no tener que pensar en qué ponernos.

Los Fashion Bloggers e Influencers han desaparecido.

Y en la Era Digital, música y videojuegos están a disposición en tu propia casa. No necesitas nada en tu hogar porque en el mejor de los casos ya lo tienes, y si se te daña, lo reemplazas por uno nuevo que te llega a tu residencia a través de un drone, pero sólo si cabe por una ventana. Hace tiempo que se me había dañado tanto la cocina como la lavadora… por falta de uso.

Pero las librerías permanecen abiertas, sea por pan o por circo, sea por un genuino interés en promover la literatura y el conocimiento. Nosotros aún podemos entrar en este espacio maravilloso y recorrer los pasillos flanqueados por  estantes llenos de tomos recubiertos de polímero antiviral. Los best-sellers dispuestos sobre las mesas con displays que nos invitan a leerlos. A veces incluso tienen una foto del autor, sin máscaras, sin dispositivos; sonrientes o con pose interesante e intelectual.

Sin embargo, entrar en una librería no es tan sencillo. Es necesario respetar turnos asignados por un algoritmo elaborado por el Comité Tecnico del Gobierno, que toman en cuenta una serie de parámetros, denominadas la  Buena Conducta Civil, la Buena Conducta Digital y la Buena Conducta Economica. En resumen, ser un buen ciudadano significa no desafiar a las autoridades (sobretodo a los esbirros); no postear en redes sociales contenidos provocativos o que contradijeran las “Medidas Excepcionales de Emergencia” puestas en acción a causa del virus; y por supuesto, pagar los impuestos, todos, incluyendo los aquellos instituidos por decreto para poder sostener al Gobierno en su labor de protegernos en tiempos de pandemia.

Al final, los individuos seleccionados con mayor frecuencia eran los conformistas pertenecientes a una cierta posición social y económica.

Lo único bueno de este sistema es que una vez adentro del local, te puedes tomar todo el tiempo del mundo para estar allí, para caminar entre los pasillos y las salas temáticas. Mientras que en los Puntos de Recolección de Víveres hacías la cola, respetando la distancia de seguridad,  y apenas te daban tu caja “avanti il prossimo” y te tenías que ir, en la librería tenías el tiempo de observar, de ver a la gente, de interactuar por un medio que no fuese un smartphone.

De esta manera, las librerías se convirtieron, también, en el lugar donde la gente se encontraba, sin tener que hacer el papeleo absurdo y necesario para poder visitar una casa que no fuese la tuya; sin tener que pasar por los Centros de Detección Viral a hacerse exámenes, y llenar cuestionarios, y hacer entrevistas. y esto y lo otro, todo meticulosamente dispuesto para hacer que se te pasaran las ganas de hacer cualquier otra cosa que no fuese estar en tu casa, lejos de todos.

A pesar del estricto control que se hacía sobre los posibles usuarios y clientes, en las librerías comenzaron a ocurrir pequeños gestos de rebelión, movidos por las ganas de tocar y ser tocados, de abrazarse, de besarse, de mirarse a los ojos, de ser gente de nuevo. A veces discretos, a veces tan impetuosos que tiraban al piso estantes enteros, desparramando libros y gemidos por todos lados. En ambos casos, debido a la draconiana vigilancia adentro – y afuera, si es por eso – del local, todo terminaba con los Sbirri enguantados llevándose a los infractores para ser descontaminados, confinados y castigados por haber cometido el peor crimen posible en los tiempos del virus: sentir.

Allora?” decía el mensaje sucesivo de Luca.

La verdad era que desde que nos habíamos conocido, hace más de 10 años, nos teníamos ganas. Ganas que jamás se concretaron por cuestiones felices e infelices que no vienen al caso ahora.

“Bueno, no sé, Luca. Es un poco complicado ahora, ¿no te parece?”

“Todo es complicado ahora. Pero me da igual, yo quiero verte”

“¿Y por qué ahora? ¿Por qué me escribes ahora después de tanto tiempo?”

“Porqué te vi el otro día llevando tu cambio de ropa al Punto, y me sigues gustando.”

“Ok, bueno, lo tomo como un cumplido pero igual … ahora no se puede”

“No, sí se puede. Y me niego a aceptar que todo esto lo impida, cazzo. Desde  aquella noche en la que nos conocimos, tomándonos unas cervezas en el Moretti ¿Recuerdas? Yo te quería besar… y te fuiste antes de que lo pudiera hacer”

“¿Y en ese momento qué te lo impidió, Luca? Creo que estaba claro que… ”

“¿Qué importa? Lo que sé es que en ese momento no lo hice y me arrepiento. Me arrepiento de no haber hecho que nuestros caminos se cruzaran de nuevo, cuando era más sencillo todo. Ciccio, te quiero ver.”

La verdad es que yo también me arrepentía de no haberlo besado esa noche, y las otras veces que nos vimos. No es que pensara que Luca fuese el amor de mi vida, y que había perdido el tren hacia la felicidad por ese beso mancato; pero me di cuenta de que yo también quería verlo. Punto. Por la razón que fuese: por rebeldía, por curiosidad, por necesidad.

“¿Y cómo podemos vernos en la Feltrinelli? Eso es praticamente una lotería…. ¡será imposible hacer que coincidan nuestros turnos!”

“Olvidas donde trabajo, ciccio. Este jueves es tu turno… y  me aseguraré de que sea el mío también”

“Pero allí está todo muy vigilado… ” Me odiaba por ser tan miedoso.

“Tranquilo, la antigua sección de cocina jamás ha sido reemplazada… créeme , todo bajo control”

“Pero…”

Ciccio, ¿alguna vez pensaste que sabrías, cuando todo esto comenzó, quién sería la primera persona que abrazarías y besarías cuando todo se terminara?”

No. Pero me lo había preguntado mil veces, hasta que empecé a pensar que jamás besaría a nadie otra vez, porque esto no se acabaría. Nunca.

“Te espero el jueves”

 

Poco a poco fuimos avanzando dispuestos en fila bajo el porticato di Via Ceccardi, extendiéndose hasta Via XX Settembre a causa de la distancia de seguridad, que hacía que todo fuese más largo. Acerqué mi Codice Fiscale a la máquina situada afuera y suspiré aliviado cuando la luz roja que emitía se volvió verde, acompañado de un bip. Atravesé el umbral de la puerta para entrar en este paraíso aséptico cubierto de plástico. Y a pesar de que era siempre un motivo de enorme alegría la llegada de este momento, el todo se desinflaba rápidamente cuando caías en cuenta de que el perfume de los libros no superaban las mil y una barreras que se interponían entre ellos y nosotros.

Nos movíamos entre los estantes como los fantasmas de Pac-Man  lentos y silenciosos. Cuando de casualidad algún cliente se detenía para ver algo, por un instante todo el flujo se paraba para luego reorganizarse y crear nuevas trayectorias que respetaran las distancias exigidas por los Protocolos de Seguridad. Vernos desde arriba era un espectáculo, una especie de máquina generadora de patrones aleatorios al ritmo de una música de circunstancia.

En una esquina de la tienda, un par de personas están trabajando. pareciera que estuvieran instalando unos dispositivos similares a un detector de movimiento, o algo así. Frente a ellos, un señor rechoncho conversa con una señorita que sostiene un microfono. Detrás de ella, un cameraman.

“¿A qué se debe esta novedad? ¿Los sistemas de seguridad no han sido suficientes?”

“Se han verificado en esta tienda, y en muchas otras sucursales de la cadena de librerías Feltrinelli, episodios entre ciudadanos que atentan contro las ordenanzas ministeriales y por lo tanto contra la salud pública”

Dejo de ver los títulos de los libros, pero no me detengo. No quiero interrumpir el vals entre los estantes.

“Imagino que se refiere a los constantes intentos de algunas personas irresponsables que aprovechan la libertad conferida una vez dentro el establecimiento para acercarse a otros… cediendo a su deseo de tocar al prójimo”

“Sí, y a veces aún más graves. Gente que se ha abrazado, violando las restricciones del espacio personal. Hace unas semanas un  par de individuos removieron los Dispositivos de Protección Individual con la intención de efectuar un contacto epidérmico directo”

“¡Aterrador!”

“Afortunadamente nuestros agentes lograron evitar la gravísima infracción antes de que sucediese, poniendo su seguridad en peligro.  Pero fue una cuestión de suerte que hayan podido intervenir a tiempo, que no siempre estará de nuestro lado”

“¿Y es por esto que la cadena de librerías Feltrinelli está instalando un nuevo sistema?”

Sin dejar de moverme, observo por encima de los estantes que son suficientemente bajos para poder tener a todos los clientes a la vista desde cualquier parte de la tienda. No veo a Luca ¿Dónde coño esta Luca?

“Así es. La ciencia ha estudiado por largo tiempo el cuerpo humano, y sabemos con certeza cuáles son los indicadores fisiológicos que acompañan al deseo, que generalmente es el motor que impulsa estas acciones irresponsables”

Y de repente lo veo, al fondo del pasillo. Sé que se trata de Luca porque es el único que está inmóvil, viéndome a pesar de que no le puedo ver los ojos. Sé que es él además porque es el único que está de pie bajo un cartel que dice “Vini e Cibo“.

“Las nuevas tecnologías  altamente sensibles nos permiten detectar incluso los efectos fisiológicos más tenues e imperceptibles, en todo el local. Cada ciudadano que entra en este espacio es escaneado para registrar sus funciones vitales,  y compaginándola con la información clinica que obtenemos a través de su Codice Fiscale, se elabora un perfil de base””

Por un segundo me quedo atónito, quizás tratando de entender cómo comportarme. Comienzo a caminar hacia él, y todo me parece más blanco y luminoso.

“Cuando un ciudadano está en presencia de su objeto del deseo, este perfil de base se altera. Por ejemplo, aumenta su temperatura corporal…”

Luca alza un brazo y se coloca la mano detrás de la cabeza. El modelo de Dispositivo de Protección Individual Integral que viste se ajusta a su físico de forma particularmente atractiva. Puedo visualizar su piel, sobreponiéndose a las capas de polímero antiviral como una especie de holograma. Su cuerpo es maravilloso, cada pelo, cada pliegue, cada peca.

Siento como la parte baja de mi espalda comienza a humedecerse, una delgada capa de rocío salobre.

Bip

“… La respiración se acelera al igual que la frecuencia cardíaca, aumentando la presión sanguínea…”

Juro que está sonriendo, a pesar de que no puedo ver sus labios., quizás porque estoy sonriendo yo también, hasta con los ojos.

¡Ah, esos labios! Esos labios parcialmente cubiertos por sus bigotes perfumados de tabaco y licor, pero que había podido delinear y tatuar en mi memoria desde el minuto 1 de habernos conocido. Los míos, entreabiertos, liberan el respiro de mi corazón a vapor que marcha a toda máquina, empañando mi visera y ahora sí, non capisco più niente, non vedo più la gente.

Acelero el paso, pero tratando de contenerme,  y veo la silueta de Luca que se mueve igualmente hacia a mí.

Bip bip 

“…y detectando estas alteraciones apenas se manifiesten , nuestros agentes tendrían más tiempo a disposición para intervenir…”

No logro respirar, pues la máscara no está diseñada para permitir un flujo de aire tan intenso como el que mi cuerpo necesita en este momento. El polímero antiviral se pega a mi piel, y la fricción es molesta. No se supone que yo deba sudar así mientras lo uso.

Me están sofocando todos mis poros, todas mis bocas, todos mis ojos.

Bip bip bip bip

Me llevo la mano a la cara y trato de arrancarme la máscara. Logro ver por un segundo que Luca me imita. Pareciera que yo estuviese corriendo contra un espejo,  y no deseo otra cosa que estrellarme contra él.

Siento un agudo dolor en la parte trasera de mi muslo, como si un insecto me picara. Creo incluso haber escuchado un zac justo antes. La pierna cede momentáneamente pero sigo adelante, creo estar corriendo pero sé que no es así. Es cierto que a veces las cosas suceden en cámara lenta.

Una figura oscura aparece de repente a las espaldas de Luca, que a su vez extiende sus brazos hacia mí con los ojos muy abiertos. La figura lo embiste  por detrás, mientras yo siento que mi pierna cede nuevamente, como si estuviese dormida. Tropiezo y ambos caemos aparatosamente al mismo tiempo, uno frente al otro. Yo caigo sobre mi brazo izquierdo, lastimándome, mientras veo cómo la cara de Luca se estrella contra el piso. Un pequeño estallido de sangre sale de su boca.

La figura oscura se sienta sobre Luca mientras le tuerce un brazo detrás de la espalda. Luca mantiene el brazo libre extendido hacia mi, y agita los dedos como cuando quieres que alguien te pase algo que está fuera de tu alcance. Estiro mi brazo derecho tratando de alcanzarlo con la punta de los dedos, pero no lo logro. Siento como se adormece el resto de mi cuerpo y al mismo tiempo un peso sobre mi espalda. El brazo no me duele más y siento los párpados muy pesados.

Recorro con lo que me queda de mi mirada los dedos, la mano, el brazo de Luca, hasta llegar a sus labios rotos. Sus bigotes se mueven en una sonrisa, y me mira.

“Sei bellissimo”

 

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