Distopía – Un sueño

Luego de perderme un par de veces en el metro, de caminar hacia la izquierda en lugar de la derecha, de agarrar la camionetica equivocada, llegué a la dirección indicada en el pedacito de papel que mi madre me dió. Era muy temprano en la mañana, y allí me recibiría mi ex vecino, que estaba por graduarse de odontólogo antes del accidente. El edificio era una especie de galpón no demasiado grande, que me resultó vagamente familiar. Un cartel indicaba que se trataba de un edificio gubernamental, relacionado con el Instituto Nacional de Transporte. No me hice demasiadas preguntas. Aun no comprendía muy bien mi nuevo entorno y a veces era menos complicado para mí hacerme el loco y esperar a ver qué sucedía.

La puerta estaba abierta así que entré sin tocar. Me encontré en una habitación enorme, que abarcaba prácticamente toda la estructura, y apartando algunas sillas tipo “sala de espera” colocadas contra las paredes, no vi otra cosa que una serie de sillas de odontólogos colocadas en orden una al lado de la otra, con todo el aparataje respectivo. Me sorprendió ver que no habían cubículos, paneles divisorios, biombos, ni siquiera una cortina que separara cada asiento. Sentí una especie de vergüenza anticipada ante la idea de estar allí con la boca abierta frente a desconocidos, y agradecí que mi vecino me hubiese dado la cita tan temprano. Él estaba de espaldas, al lado de una silla y parecía estar limpiando sus instrumentos. Lo llamé por su nombre y se volteó. Estaba viejo, y seguramente yo también sólo que a diferencia de él, yo no me había dado cuenta del paso de años.

“¡Hola! ¡ Qué bueno que llegaste!” me dijo y noté que su mirada se dirigía directamente a mi boca, gesto que hizo que reprimiese una sonrisa. “De vez en cuando le preguntaba a tu madre por ti. Pobre señora, siempre cuidándote. Es una lástima que muriera un poco antes de que despertaras ¿no?” agregó dándome una palmada detrás del hombro, no con malicia ni con fingido pesar, sino con una fría espontaneidad que me pareció aún más perturbadora. Me sonrió, y noté que sus dientes eran francamente perfectos, parecían de mentira. Me indicó un asiento y me pidió que me recostara. A través de una mascarilla que atenuaba un poco su voz, me comentó que luego de tantos años en coma, seguramente mis dientes no habían sido tratados como merecían. No sin cierto entusiasmo dijo que yo no tenía idea del tesoro que tenía en mi boca, al menos para él. Como todo los odontólogos, estaba acostumbrado a conversar sin obtener respuestas más allá de “aaaahhhghhhhh” o “hmmmhhhhhmm”. Me contaba que muchas cosas habían cambiado, en particular en su profesión. Desde hace ya varios años la opción era remover totalmente los dientes y colocar dientas falsos, uno a uno. Los ingenieros de materiales habían perfeccionado resinas muy resistentes que requerían de poca atención odontológica, de modo que cada vez meno se requerían los conocimientos y el trabajo de un dentista…

Mientras me colocaba un soporte con una membrana de goma en la boca, para comenzar a hacer un tratamiento de conducto (y evitar que la saliva tocase y contaminase lo que quedaba de muela) escuché un portazo y unos pasos. Mi vecino dió los buenos días sin alzar la vista de mi boca y una voz masculina y jovial se acercó. “Hola, por aquí tan tempra… ¡Pero mira! ¿Un tratamiento de conducto? ¿ Y qué infracción cometió éste?” dijo riendo una cara que se acercó a la mía desde lo alto. Era de piel oscura y blanquísima sonrisa. Parecía simpático a pesar de que no comprendí su comentario. “No… es un viejo amigo, de los que aún tienen dientes de verdad” respondió mi vecino mientras continuaba con su trabajo. “Entonces es de verdad viejo” bromeó el colega y se alejó.

Casi inmediatamente escuché de nuevo la puerta y otra voz, esta vez menos divertida. “Buenos días…..” “Buenas. ¿En qué lo puedo ayudar?” “Tengo que pagar una multa…” “Muy bien, siéntese por aquí. Póngase cómodo” Sí, había pasado muchos años en coma, cierto. Sí, mi cerebro aún me jugaba malas pasadas y no siempre comprendía bien lo que sucedía a mi alrededor, pero todo tiene un límite. Con la boca abierta, sin poder voltear pues mi vecino me jurungaba una muela, me horrorizaba al ver por el rabo del ojo cómo el colega que hasta hace poco era amable y simpático amarraba a la silla de al lado al evidentemente nervioso paciente con unas gruesas correas de cuero, se colocaba guantes y mascarilla y testeaba un pequeño taladro. Dejé escapar un gemido incierto y mi vecino me respondió con un gentil “ssssshhhhhhh”. El colega de mi vecino tomó entonces un trozo de papel que el paciente sostenía en una mano y leyó en voz alta: “Caballero, a usted le tocan 2 minutos y 37 segundos. Así quizás recuerda ir más lento la próxima vez… “, sacó de una caja una bolsita de plástico sellada que contenía una especie de pelota de goma, que colocó en la boca del paciente, para que mordiera… y encendió el taladro.

No lograba ver lo que sucedía pues mi vecino estaba prácticamente sobre mi, pero notaba que su colega no estaba inclinado sobre la cara del paciente que debía pagar una multa, sino sobre sus piernas. El sonido del taladro rápidamente fue superado por los gemidos del paciente, que cerraba los ojos y mordía ferozmente la pelota de goma, los músculos del cuello en tensión y lágrimas que corrían por su rostro enrojecido. Traté de hablar y me moví, intentando ver lo que sucedía. Mi vecino me tomó por los hombros y me empujó de nuevo contra el espaldar de la silla “¡Qué te quedes tranquilo, coño! No te preocupes”. Mientras yo manoteaba con mi vecino para que me dejara levantarme, con la mandíbula casi dislocada por tenerla abierta con un armazón metálico adentro, vi cómo el paciente escupía la pelota de goma y se desgarraba la garganta con un grito de dolor. Me senté del tiro y quité del medio a mi vecino, que trastabilló hacia atrás  al enredarse con el pedal de la silla odontológica. La bandeja con los instrumentos se volteó y todo terminó por el suelo, y  lo que vi fue mucho para mi frágil cerebro.

El paciente amarrado a la silla tenía sus pantalones arremangados hasta debajo de las rodillas exponiendo ambas piernas. El colega de mi vecino sostenía entre sus manos enguantadas un pequeño taladro y perforaba minuciosamente  las canillas del paciente. Habían ya 3 o 4 orificios abiertos y gruesas gotas de sangre espesa dejaban su rastro mientras se deslizaban para caer finalmente sobre la silla. El colega levantó la vista y supe que sonreía detrás de su mascarilla blanca. Mi vecino se acercó a mi y con tono calmante me invitó a recostarme de nuevo, que iba a arruinar todo el tratamiento si me seguía moviendo y que todo iba a estar bien. Yo balbuceaba sin parar, señalando la escena, pidiendo explicaciones de semejante falta de humanidad.

“…no lo recuerdas, entonces. Habrás perdido la memoria”, el rostro de mi vecino muy cerca del mio. Podía verme en sus ojos.

“¿aaahhh? ¿mmmmmmhhhhhh?”

“Tu accidente. Fue justo en el año en el que se había implementado el nuevo método de pago de multas”

“¿hmmmmmmm? ¡Aaah vaaah vaahhh agaaaah!”

“Infringiste miles de normas de tránsito esa noche… y la multa… fue muy grande”

“…. aaahaa… ¡oooh!”

Los gritos del paciente no disminuían, aún así escuché al colega saludar a una persona que acababa de llegar.

“Desde entonces nos encargamos nosotros. A los de antes se les pasó la mano contigo”

Entonces lo recordé todo. La fiesta, toda la vodka imaginable, la cocaína. La prepotencia al volante, el choque, el otro choque, insulto a uno, insulto a otro, insulto a las Autoridades. El edificio que ya no era vagamente familiar, y el dolor.

Me levanté de la silla y me arranqué de la boca el armazón metálico y escupí los algodones ensalivados. Mi vecino dio dos pasos hacia atrás, mostrándome sus palmas en señal de paz, evidentemente asustado. Su colega dejó el taladro a un lado y colocó la pelota de goma en la boca del paciente. Comenzó a caminar hacia a mí y noté que su mascarilla, sus guantes y su bata estaba salpicada con miles de puntitos rojo sangre.

“¡No te me acerques!” le grité mientras babeaba por una comisura de la boca. EL colega de mi vecino me hablaba tranquilo, calmándome, mientras que su paciente había escupido de nuevo la pelota y gritaba incesantemente que los 2 minutos y 37 segundos ya habían pasado, que lo dejaran ir. Vi una señora mayor, muy arreglada y bien maquillada, que me miraba aterrorizada con grandes ojos azules y apretaba fuertemente su cartera contra el pecho.

No podía creer lo que estaba sucediendo, lo que había sucedido conmigo, como habían cambiado las cosas. Me comenzó un dolor de cabeza paralizante y decidí calmarme, pensando también en la anciana señora, que quizás no estaba en condiciones de alterarse.

Mi vecino me miró con preocupación, y algo de lástima. Se dirigió a la señora y le preguntó si podía ayudara en algo.

“Sí, jóven. Debo pagar una multa….”. Traté de abrir la boca para decir No, pero no pude. La señora continuó con una risita nerviosa “pero sabe, me llegó una carta informándome que soy VIH positivo, entonces pensé… si ustedes serían tan amables de ponerle fin… al asunto… antes de tener que pagar la multa…..”

Miré desesperado a mi vecino, tratando de sostenerme de una silla, pero cuando escuché que su colega respondió que todo dependía de la fecha de la multa y la fecha del examen de sangre, me desplomé al suelo. Y no recuerdo nada más.

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  1. #1 por Gorka el 28/03/2012 - 5:12 PM

    Horrible.

  2. #2 por Juancho el 29/03/2012 - 4:50 AM

    Esto parece un capìtulo de American Horror Story…… Tengo una multa de hace dos meses por manejar hablando por teléfono que no he pagado. La pago?

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