Archivos para 22 abril 2011

No estoy muerto…

…pero casi.

No se asusten. Es sólo que la Alcaldesa de mi pueblo decidió sembrar unos árboles exóticos traídos de la Isla de Pascua cuyo polen hace que mi cabeza se sienta como si fuese de piedra.

Y me hacen estornudar mucho… doy unos cabezazos como para demoler edificios enteros.

Luego de las vacaciones pascuales les echo otro cuento.

Abrazos a todos.

(esta foto no la tomé yo, nunca he ido a la Isla de Pascua)

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La Milán de los otros

Una vez visitado el Duomo de Milán, recorridas las galerías Vittorio Emanuele II – pisoteados los testículos del toro  – y decepcionado por el aspecto externo del Teatro alla Scala, cualquier turista sin dinero para gastar en Via della Spiga y Via Montenapoleone creería que no hay más nada que ver en la ciudad (porque había que reservar  no con meses sino meeeeeeeses de anticipación una entrada para ver La Útima Cena de Da Vinci, y no lo hizo porque a Milán fué de carambolas).

Pero he aprovechado que a Milán me ha tocado ir más de muchas veces, y he buscado ver otras cosas, sitios no visitados por los vecinos en su luna de miel. Así que me tropecé con un lugar no muy lejos de la Piazza del Duomo: la Iglesia de San Bernardino alle Ossa (San Bernardino de los Huesos). La iglesia por fuera no prometía nada especial o interesante, y en efecto no lo es, salvo por su Osario.

La habitación, más alta que cualquier otra cosa, estaba atiborrada de huesos humanos, ordenados con mucho cariño y apilados en grandes nichos en los muros de la habitación. Algunos de estos huesos – probablemente los más buenmozos – adornaban los muros, junto a frescos y otros artículos decorativos. Caminé entre los bancos destinados a la oración y algunas sillas. No había nadie y a pesar de la cantidad de restos humanos, la atmósfera no era la suficientemente tétrica como para perturbarme.

Me acerqué a un nicho donde habían un montón de cráneos, más de un centenar seguramente, que se mantenían en su sitio gracias a una rejilla. Estudiaba de cerca las calaveras, sorprendiéndome de cuánto eran pequeñas a pesar de ser de individuos adultos.

De repente vi que en la descarnada fosa nasal de un cráneo había un pedazo de papel doblado. “¡Faltas de respeto!” pensé indignado, y cuidadosamente metí los dedos a través de la rejilla hasta alcanzar el papel y comencé a retirarlo delicadamente.

Mi corazón hizo una cabriola (ja, qué palabrita, cabriola) al escuchar un fuerte  estornudo detrás de mí justo en el momento en que sacaba el papel de la nariz de la calavera. Me di la vuelta inmediatamente, asustadísimo porque se suponía que yo estaba solo, y vi un hombre anciano vestido con harapos que se rascaba a nariz.

“¡Qué molesto! Menos mal. Me voy de aquí ¡Gracias!” dijo, se levantó, tomó una mugrienta bolsa de tela  y se dirigió hacia la puerta, caminando más rápido de lo que hubiese pensado para un hombre de su edad.

“¿Cuánto tiempo tiene usted allí?” le pregunté, aún sorprendido pues no me había dado cuenta de su presencia…. de hecho, podría jurar que el anciano no estaba cuando entré en el osario. “¡Demasiado, demasiado….!” contestó sin mirar atrás mientras salía por la puerta… y volvió a estornudar.

Me quedé unos instantes tratando de comprender lo sucedido y me percaté de que aún tenía el papel en la mano. Deduje que no era muy nuevo por su color amarillento. Los desdoblé y vi que tenía algo escrito, a mano, con una caligrafía algo nerviosa:

“Protege a mi nieta de su propio padre”

 Me acerqué de nuevo al nicho y miré otros cráneos, esperando encontrar otros papelitos introducidos en alguna fosa nasal. Revisé el nicho de la pared opuesta y en una calavera bastante en alto vi que  algo blanco se asomaba por la nariz. Comencé a dar pequeños saltos, tratando de poner de acuerdo  a mi natural torpeza con la delicada operación de extraer un pequeño pedazo de papel de un cráneo sobre una pila de huesos sin que todo se viniera abajo.

“¿Qué… hace… usted…?” una voz femenina y delicada.

Me detuve y me di la vuelta lentamente, profundamente abochornado.Ya, seguro era una custodia de la iglesia. Era muy joven y bonita, vestida con un sencillo vestido que le daba el aspecto de una campesina – ¿en Milán? -, y estaba cubierta con un grueso sweater de lana. Me miraba con sospecha y tenía la nariz algo roja… pero estábamos en invierno, no era de extrañarse.

“Di… disculpe señorita. Es que vi que alguien había dejado algo de basura dentro de los cráneos y me pareció que era una falta de respeto y una lástima, entonces pensé en… ” dije como disculpándome, antes de que me fuese a regañar. Odio que me regañen así tengan razón.

La joven caminó y se sentó en un banco, con la mirada fija en el suelo y dijo: “No, no… no es basura”  y se pasó el dorso de la mano por la nariz, en un acto que pareció involuntario. “Verá. Algunas personas han aprendido un modo para… manipular, obligar a las almas de los muertos que aquí reposan a hacer cosas por ellos”. La naturalidad con la que introdujo sin anestesia tan fantástico tema me sorprendió, tipo “Qué bonito día hace hoy. ¿No vio pasar un Yeti por aquí?”.

“Colocando un papel con un deseo, o simplemente instrucciones a seguir, en la nariz de los esqueletos que aquí permanecen, se obliga al ánima a obedecer y a tratar de cumplir con lo pedido. Simplemente las molestias en la nariz no les dejan descansar en paz, como se debería” continuó la muchacha con aire ausente. Luego levantó la mirada y esbozando una sonrisa agregó “Pero usted ha sido muy amable al pensar en sacar los deseos de las narices de los muertos”.

Dejé caer al suelo el papel amarillento y polvoriento que aún sostenía en mi mano y comenté entre risas nerviosas lo simpática y folclorística que era esta historia que me había contado, como los cuentos de las abuelas.

“Eh, ya” respondió no sin cierta decepción en su tono. Me acerqué  a ella y de lejitos coloqué una moneda de dos euros sobre el banco a su lado, como propina por su historia y empecé a a caminar hacia la puerta, despidiéndome. La joven se levantó rápidamente y cuando yo ya estaba por salir, exclamó:

“¡Señor! Disculpe….”

Me detuve y arrastré un sídígame no muy convincente, mientras mi torso se giraba pero mis pies seguían apuntando hacia la puerta.

“¿Podría usted ayudarme? Necesito descansar. Tengo siglos buscando el bendito papel pero….”

Me detuve sólo cuando me di cuenta de que el tren para Genova ya estaba en marcha. Cerré los ojos y suspiré, tranquilizándome. En el asiento de atrás, una persona estornudó sonoramente. No pude evitar cambiar de carroza.

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Daños Internos

Las cosas que uno hace por amor.

Conoces a alguien, te gusta, se conocen un poco más, te gusta un poco más. Y si tienes suerte, le gustas tú también. Entonces todo es maravilloso, te ríes de sus chistes, todo lo que te cuenta te parece interesantísimo, hasta la verruga que tiene en alguna parte inadecuada te parece sexy.

Y llega el día en que finalmente pasarán la noche juntos. No estoy hablando de la primera vez que dos personas que se gustan tienen sexo, sino de tal cual pasar la noche juntos. Dormir uno al lado del otro.

También me sucedió. Conocer, gustar, todo bello. Hasta que dormí a su lado, es decir, yací a su lado, porque dormir fue imposible.

Pero las cosas que uno hace por amor, por querer seguir respirando el mismo aire mientras él duerme, a pesar de que en lugar de respirarlo, lo machacase.

Los síntomas tardaron poco tiempo en aparecer . Ojos rojos, fatiga, agitación y nerviosismo. Caballerosamente, él esperaba a que me durmiese, muchas veces sin éxito, pues apenas tocaba la cama,  se sumergía en las profundidades de un infierno onírico donde sus ronquidos se amalgamaban perfectamente con los gritos desolados de las almas torturadas que allí moraban y yo descendía en un espiral de locura y desesperación. Dante Alighieri no hubiese podido jamás imaginar tales horrores para su hades.

Recurrí a unos simples tapones para los oídos, y santo remedio… logré conciliar el sueño.

Pero los síntomas no pasaron, más bien empeoraron. Debilidad, fatiga, dolor corporal, pesadillas incesantes. Y mientras más tiempo pasaba, más necesidad sentía de permanecer en la cama. Simplemente no tenía fuerzas para levantarme. Una noche sentí que me ahogaba, comencé a toser y retorcerme de dolor, un dolor atroz en lo más profundo de mis entrañas. Cuando en medio de mi agonía logré encender la luz, noté que sangraba por todos los orificios – todos – de mi cuerpo. Mi compañero nocturno continuaba plácidamente su sinfonía de destrucción y un torrente de sangre subió por mi garganta y se desbordó por mi boca a borbotones, no sin cierta violencia. La sangre salpicó por todos lados y despertó a mi atormentador, quien diligentemente me llevó en su moto a Emergencias, mientra yo dejaba caer saliva sanguinolenta sobre su hombro, aturdido y agonizante.

Y bueno, uno hace cosas por amor, pero no siempre el amor hace cosas por uno.

Los exámenes indicaron lesiones graves en los órganos principales, causadas por las fuertes vibraciones que sus ronquidos generaban. Dormir a su lado me estaba llevando progresivamente no solo a la locura, sino también a una muerte segura.

(nota: las imágenes las encontré por ahí en internet, no son mías)

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Comience por el comienzo

Mi primera “entrada” (horrible anglicismo) de Cuentos del Alambre será contarles de qué se trata.

Una vez conocí a un Sultán. No me pregunten cómo, pero lo conocí. Nos hicimos buenos amigos. Fumábamos de su Nargilé y conversábamos por horas y horas. Por alguna razón disfrutaba de mi compañía a pesar de tener un montón de mujeres en su harem, entre las cuales algunas realmente muy bonitas (no todas).

Al Sultán, que por cuestiones de privacidad llamaremos Omer, le gustaba salir de incógnito, como un mortal cualquiera, o al menos esa era su idea. Nunca le comenté que un mortal cualquiera no utilizaría 3 anillos de oro y joyas por dedo, o que un mortal cualquiera no se sorprendería si no encontraba el piso por donde habría de pasar cubierto de pétalos de rosas. Nunca se lo comenté  porque al fin y al cabo me divertían esos detalles y además, no lo podía evitar. Él no era así, él era eso.

Entonces Omer me contaba que se aburría. Se aburría mucho. Que las aves exóticas que volaban libres por sus palacios, o las bailarinas de su harem; los enanos de circo que vivían en su sótano o su criadero clandestino de pájaros Dodó no le entusiasmaban más. Se aburría y no comprendía cómo era posible que la existencia fuese sólo ésto. Insistía en que la vida debería ser siempre más interesante.

Este pensamiento me impactó profundamente por la sencilla razón de que por mucho tiempo he pensado lo mismo; y el hecho que un simple mortal como yo pensara de la misma manera que un sultán pues bueno, me confirmó que en efecto la existencia no es más interesante de lo que ya es. Ni para Omer ni para mí, y probablemente para ningún otro. Y si ustedes que ahora leen no están de acuerdo, debe ser que tienen pocas expectativas.

Cometí entonces el error de decirle cuál era mi secreto. En realidad le dije sólo una parte. Mi secreto es imaginar que soy un sultán e inventarme cuentos, así que a Omer le dije sólo que me gustaba inventarme cuentos, por razones obvias. Le comenté que era divertido tomar cosas, situaciones, lugares reales… y cambiarlas, transformarlas hasta que se nos hagan más interesantes.  Supongo yo que  es lo que cualquier escritor de ficción hace.

Y digo que fue un error porque ahora me tiene aquí, bajo amenaza de cortarme la cabeza, para que le invente historias, para que le adultere la realidad. Me advirtió que no intentara el truquito de no terminar el cuento antes de ir a dormir, que ése ya se lo sabía. Pero como somos buenos amigos logré negociar las condiciones, y he aquí este Blog, y he aquí escribir en español, y que será italiano cuando me provoque si es que me provoca, o inglés.

Una cosa positiva es que Omer es bastante ignorante y más bien caprichoso así que algunas veces podré permitirme de escribir alguna chorrada y ni se dará cuenta. Si ustedes sí lo notan, pues tendrán que hacerse los locos y no decir nada. Podría perder la cabeza.

Y claro, esta vez sí le comente que amenazar a los amigos con la decapitación no es cosa de cualquier mortal, pero no me creyó.

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